¡Llegamos a Javier! La silueta dibujada por las torres almenadas corta el horizonte, anunciando la llegada al castillo, cuna de San Francisco Javier, patrón de Navarra y de las misiones. El castillo de Javier nació como torre de señales y vigilancia entre los siglos X y XI. En torno a esta torre del homenaje o San Miguel se fueron añadiendo estancias, quizás por la existencia del agua fresca de su aljibe. A su alrededor se alojaban las estancias señoriales, bodegas, graneros y otros servicios. Aunque lo más importante de esta fortaleza la Capilla. Allí admiramos y veneramos la bella imagen de nogal del Santo Cristo, del siglo XIV. Según la tradición, este Señor sudó sangre en los momentos difíciles de la vida de San Francisco Javier, la última vez, el día de su muerte, instante en el que empezó a sonreír cuando el santo, a miles de kilómetros, en la Isla de Sincián (Shangchuan) y a las puertas de China, pasó a la casa del Padre Eterno. El Cristo que se encuentra entre estos muros, el “Cristo de Javier” sigue dejando una impactante huella en quienes lo contemplan pues te mira y viéndote, sonríe sosegadamente. Si este castillo al que peregrinamos lo vio nacer a él, y como a él, también ha sido para muchos otros jóvenes lugar en el que han “renacido” a una vocación a la misión Esta es, por tanto, una peregrinación misionera. En el camino es el propio Patrono de las Misiones, San Francisco Javier, quien intercede por nosotros y, sin duda, comparte con nosotros su carisma misionero. Quien viene al Castillo se va encendido del fuego que impulsó a quien en él rezó a llevar el Evangelio hasta los confines de la tierra.